«El mayor regalo», de Cotelo, ya en los cines: luminosa, divertida, estremecedora, transformadora…

“El público quiere venganza”, dice un personaje en la nueva y emocionante película de Juan Manuel Cotelo, El Mayor Regaloque se estrena en cines de España este viernes 9 de noviembre. El cineasta va entrelazando historias reales de perdón, asombrosas, luminosas, transformadoras, con un hilo conductor de ficción, divertido: una película del Oeste, la historia del estrambótico duelo a muerte entre Jack Jackson y Wil Wilson.

Los Jackson y los Wilson se han estado matando durante 4 generaciones, y tienen la intuición de que con un tiroteo más se quedarán tranquilos. Es “el final feliz”, “el malo muere y se acabó, the end”. Pero como explica Cotelo “no es the end, porque sus hijos también se matarán”.

“Ya está bien de memoria histórica, ¿no?”, dice un pistolero cuando se enumeran las rencillas entre familias.

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El odio se engendra en la falta de amor, no en viejas historias

¿Una sociedad individualista, que no pase los agravios, casi sin hijos, romperá el ciclo del odio?

El testimonio real de Tim Guénard muestra que no es así. Su madre le abandonó de niño atado a una farola. Su padre bebía y le pegaba. “El amor existía, pero estaba en una vitrina y yo estaba fuera“, explica. Se convirtió en jefe de una pequeña banda criminal y descubrió que dando palizas, aprendiendo a ser más fuerte y luchar mejor, anestesiaba su odio a su padre y al mundo y a sí mismo. Pero tras 3 años atizando a víctimas llegó un nivel en que esa anestesia no bastaba. Solo quedaba el suicidio rápido o el lento, con droga o alcohol.

Dos cosas le sacaron de su agujero: vio a un padre que era tierno con su niño y le decía “estoy orgulloso de ti”. Y conoció un sacerdote que le habló del amor de Cristo y le confesó. Después, el amor de una esposa, unos hijos, el de Dios, empezaron a llenarle. Pero ese amor se escapaba como agua por colador hasta que cerró los agujeros con lo más sanador: el perdón, poder perdonar a su padre, a los que le dañaron.

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¿Perdonan las víctimas? Sí, y les llena de gozo

Pero en el Far West la plebe no está contenta. Quieren que la autoridad pública ejecute a alguien: no es venganza si lo hace el sheriff, ¿no? El sheriff comenta que él ahorca gente “por las víctimas”, que las víctimas no van a perdonar…

Entonces Cotelo pasa a contar la historia de Irene Villa y su madre María Jesús y la bomba de los terroristas de ETA que las mutiló en 1991. Irene perdió 2 piernas y tres dedos. ¿Debían llenar su vida de odio y rencor? “Mamá, lo tengo clarísimo”, dijo ella. “He nacido sin piernas”. Era un volver a nacer y un vivir a tope”. Tres carreras, un matrimonio feliz, 3 hijos, muchos deportes... “Del esquí he aprendido: fluye con la vida, disfruta sin miedo, así ganas…”, dice ella.

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María Jesús, la madre de Irene, admite que antes del atentado ella pensaba: “Yo nunca perdonaría a quien hiciera daño a mi hija”. Pero después del atentado, dice, “será que Dios se mete dentro de ti, y ves que el odio o la venganza no dan felicidad, y quieres que tu hija sea feliz, y así, zas, ¡te perdono!” El padre de Irene tardó 20 años en perdonar y eso le dañaba. Sólo lo hizo al nacer los nietos. No podía ver a Irene sin piernas, pero Cotelo nos la muestra flotando, nadando, libre en su piscina, feliz. Por eso, ellas dicen: el odio no hace feliz y el perdón sí.

Primer terrorista del IRA que pidió perdón…¡y todos se enfadaron!

Pero, insistimos: el perdón es contracultural, “el público quiere venganza”. Shane O’Doherty entró en el grupo terrorista IRA con 18 años, casi sin pensar, con un amigo, y estuvo 5 años haciendo terrorismo y poniendo bombas. Lo detuvieron y pasó 18 años en prisión. Allí leyó el Evangelio, “unas verdades de las que no podía escaparme”. Y, por primera vez en la historia del IRA, escribió cartas públicamente pidiendo perdón a sus víctimas.

El IRA se enfadó. Los británicos se enfadaron. Las víctimas se enfadaron. La prensa se enfadó. Todo el mundo, toda la sociedad se enfadó con la petición de perdón. “Solo un hombre me creyó y apoyó: mi obispo”. Con él se confesó tras 14 años de prisión: y sintió un gran alivio, como una medicina. El perdón lo cambia todo, dice.

Si O’Doherty cayó en el IRA casi por casualidad, de forma banal, en Colombia Cotelo señala otro fenómeno: “personas que a la vez son víctimas inocentes pero también culpables de violencia grave”. Y que han caído en la trampa del odio a través de las ideologías “maravillosas” que se construyen matando gente.

Los que son víctimas y verdugos a la vez: “yo maté 300”, “yo más de mil”

La película consigue presentar con agilidad y cercanía varios testimonios estremecedores de colombianos. Eduardo Cobos fue emboscado por las FARC y herido, 20 días en coma; luego secuestrado en 1995; después, secuestrado otra vez por el ELN en 1998. Ya se hartó y con 28 años se convirtió en comandante de una fuerza de autodefensa. Las autodefensas las carga el diablo. “Con 794 hombres a mi mando, causé unas 1.500 muertes directas”, admite. “Hoy pienso: Dios, ¿por qué no lo paré antes?“.

O el testimonio de Luis, que veía películas de Rambo matando comunistas, y luego vio que los comunistas amenazaban su vida, lo que hacía. Y decidió matar comunistas. “Con mis manos maté unas 300 personas”, explica a Cotelo. Porque “yo era ciego, no conocía al amor… sólo cuando quitas la política ves lo humano, ves que no matas comunistas, sino al hijo de alguien”.

Ellos han pedido perdón, y las esposas, madres, hermanos de los que mataron se lo han dado. “Yo no siento odio y le pido a mi Dios que lo perdone”, dice una mujer. “Perdonar es un don que Dios nos regala”. El poder terapéutico y transformador del perdón queda claro otra vez: “Cuando perdoné, sentí que el puñal que tenía clavado y me atravesaba se iba”, dice otra víctima. Y el asesino pide así perdón: “Yo lo entenderé si usted me odia, pero si me perdona usted, yo podré empezar una vida en paz”. Nueva vida, inicio, transformación… el perdón logra una nueva creación. ¿Y cuando no les perdonan? “Entonces, rezas a Dios para que se vaya el rencor de su corazón”, dice un violento arrepentido. “Ojalá en Colombia seamos una potencia mundial en perdón”, exhorta una mujer. Quizá lo han conseguido.

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Lo pequeño (un matrimonio), lo grande (toda una nación)

La película aborda después dos casos muy distintos, uno cercano y pequeño: la crisis de un matrimonio. El otro cultural, casi de civilización: toda una cultura de perdón en Ruanda tras un genocidio con 800.000 víctimas. Ambas historias son sobrenaturales: la sociología solo llega hasta cierto punto, luego llega el Misterio, es decir, Dios.

Gabriela y Francisco, explican su crisis matrimonial, y varios amigos dan testimonio. Él trabajaba mucho, ella se sintió sola y abandonó a su marido y sus hijos para “realizarse”, instigada por otro hombre. Francisco rezó y esperó 5 años, cada día, e hizo poner los cubiertos para ella cada día. Su determinación era clara: con oración “voy a rescatar a mi familia”. “Durante cinco años me dijeron que estaba loco, durante cinco años luché contra todos“. Porque el público del Far West pide venganza, no esperanza.

A los cinco años, ella accedió a ir a la Primera Comunión de su hijo para presumir de su nuevo aspecto, estilo, “éxito”. Pero no se atrevió a comulgar: “Sentí un dolor, como si me quitaran una venda”. Poco después, todo se sanaba. “Dios te da el perdón si lo pides, yo lo pedí 5 años, recé por mi rival, con su nombre y apellidos, todo ese tiempo”, explica Francisco.

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El país que mató en masa y perdonó en comunidades

¿Y Ruanda? En cien días de 1994, medio millón de muertos. Con multitud de ejecutores, con armas primitivas (machetes, mazas), instigados por la radio. La gente mataba a su hermano, vecino, pariente, colega… porque se decretaba que los de la otra etnia eran “cucarachas”, no humanos. ¿Cómo reconciliar un país tras esto? Para empezar, el Estado prohibió toda venganza. Después, se fomentó una herramienta tradicional de reconciliación: la Gacaca. En grupos de gente, con una persona íntegra como juez o moderador, toda la comunidad animaba al asesino a reconocer sus crímenes, y a la víctima a perdonar. Con el reconocimiento del crimen, llegaba el perdón.

Este hombre mató a mi esposo; como penitencia, le puse venir a misa conmigo cada domingo”, dice una mujer. Y en la misa africana se baila y se canta. “Ahora somos buenos vecinos, nos ayudamos, somos hermanos”.

El monstruo del odio y la guerra civil puede surgir en cualquier momento

¿Es tan imposible un genocidio en cualquier país, en cualquier momento? La Guerra Civil en España parecía que iba a ser un “simple” pronunciamiento o golpe de Estado y de repente los españoles se mataban por doquier. La Virgen, en las apariciones aprobadas de Kibeho en Ruanda, avisaba de matanzas en 1982, y nadie lo creyó, hasta que llegaron en 1994. Yugoslavia se desmembró entre matanzas en plena Europa, en un país completamente alfabetizado y escolarizado, en una época de televisión a color.

El virus del odio y la venganza están ahí, incubándose, buscando viejas rencillas. ¿Es ingenuo predicar el perdón? Pero Cotelo insiste: el perdón cura, el perdón transforma personas y países, el perdón hace feliz y el rencor no, “yo lo he visto, yo lo he visto”. Y lo ha grabado en una película impactante. ¿Es más ingenuo el perdón o seguir como hasta ahora, en el ciclo infinito de represalias y rencor?

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A la premiere en el Cine Paz en Madrid este martes 6 de noviembre por la noche acudieron actores, patrocinadores de la película y amigos de este proyecto que emociona e ilusiona. Allí estaban Tim Guenard, Irene Villa y su madre, María Jesús.

Fue la madre la que sintetizó el sentir de muchos: “Me gustaría que esta película la viera todo el mundo; necesitamos perdón y paz, y no rencor y odio”.

Fuente: ReL

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