¿Abundan en Occidente los solteros permanentes?

Resultado de imagen de soltero permanenteDicen las malas lenguas que hoy día hay superávit de jóvenes, urbanos y modernos, inmersos en una sociedad marcada por una creciente incapacidad para el compromiso. En otras palabras, muchos milenials occidentales viven con la etiqueta de ser gente perezosa, narcisista y que nunca se conforma con nada de lo que tienen. ¿Leyenda urbana o pura realidad?

El escritor Michael Nast decidió hace un tiempo plantear el debate de lo que parece ser un grupo de solteros permanentes, amantes de sí mismos y eternamente indecisos. En 2015, su columna online Generation Beziehungsunfähig (Generación incapaz de mantener relaciones) recibió millones de visitas, y de ahí surgió la idea de escribir Sin compromisos: retrato de una generación de relaciones imposibles (Zenith).

En el libro, Nast reflexiona con espíritu crítico y buenas dosis de ironía sobre la vida y los sentimientos de muchas personas de su generación. Habla en él de jóvenes inconformistas e inmaduros, con demasiado amor propio y dominados por el ego. «Es una generación de personas que buscan la perfección», señala el autor, de 43 años, en una entrevista digital.

«Tienen una imagen ideal de sus vidas y constantemente corren tras ideales. Si no los alcanzan, dejan de lado lo que se proponen hacer, comienzan algo nuevo o se rinden».

El alemán, que en 2006 decidió dejar toda su actividad profesional anterior (como diseñador gráfico y director artístico en diferentes agencias de publicidad) para poder dedicarse por completo a la escritura, cree que se han modificado desde la manera de ligar hasta las relaciones personales y las expectativas laborales.

Y piensa que todo esto fomenta un alto nivel de egocentrismo y lleva a un buen número de jóvenes a utilizar máscaras para mantener una fachada perfecta, sin pensar en el coste que eso conlleva.

Todo tiene que ver con los valores aprendidos por estas personas. Por ejemplo, en el plano sentimental. Nast señala que uno crece normalmente con la idea de que tiene que encontrar a alguien especial y diferente a los demás. Y que esa percepción hace cada vez más difícil que mucha gente se comprometa con otra persona.

«Cuando nos enamoramos, o sea, cuando nos enamoramos de verdad, dejamos atrás las estructuras, las convenciones sociales», indica en el libro.

«El amor es la posibilidad de romper, de abandonar las estructuras, de cambiar las perspectivas. Es nuestra oportunidad, la solución para dejar atrás el egoísmo que nos exige la sociedad».

La cosa es que estar preparado y dispuesto a tener una relación sentimental significa a la vez estar dispuesto a sufrir. Y el ensayista hace hincapié en que cada vez las personas están menos preparadas para sufrir. Parece que muchos quieren un amor eterno y una renuncia del yo, como ocurre en las películas románticas.

De hecho, el autor alemán es de los que piensan que la elección de la pareja funciona hoy (en muchos casos) según los mismos principios que las compras online: «Nosotros consumimos personas. Nunca nos dimos cuenta de cuántas parejas potenciales hay. Y si tienes demasiadas opciones, no te decides. Por supuesto, esto es algo que tienes en mente cuando surgen los primeros problemas en una relación», comenta.

Y es ahí cuando uno se va a Tinder. Una plataforma, la conocida app de citas, que le recuerda a la vida nocturna en Berlín. Nast cuenta que es como ese momento en el que entras en una discoteca y le echas un vistazo a todas las chicas de la sala, para clasificarlas «desde un punto de vista estético». A fin de cuentas, y por superficial que suene, la atracción no es ciega.

Eso sí, la vida nocturna no parece el sitio con más compromiso que existe. «Tinder cultiva esa ausencia de compromiso de las discotecas. La app es como estar en una discoteca permanentemente», señala.

Y, efectivamente, piensa que el principal problema de Tinder es el ilimitado abanico de opciones para el usuario que busca posibles nuevas parejas en ella: «Esto produce una adicción. Cada match es una pequeña victoria, y un rechazo no nos afecta realmente, después de, por ejemplo, haber valorado positivamente las fotos de ochenta mujeres. Se pierde la orientación y en cierto sentido es algo positivo. Ya no nos hiere».

Resultado de imagen de follamigoNo obstante, y a pesar de lo mal que pinta el panorama, no cree que el tema del amor llegue algún día a agotarse. Y habla de la proliferación de lo que él llama mingles, una palabra artificial creada a partir de mixed y single, y que se refiere a un tipo de relación entre dos solteros que se acuestan sin comprometerse, «pero que a la vez pasan juntos el tiempo libre, cocinan juntos, se van de pícnic, a ver exposiciones o al teatro». En otras palabras, un follamigo con el que además pasas el tiempo libre.

Una opción legítima, pero en la que él no termina de creer demasiado. No le convence esta especie de «sexo, sin que sirva de precedente»:

«No tenemos amigos con derecho a roce porque nos entendamos bien con esa persona, sino porque queremos mantener sexo sin rodeos ni complicaciones. Y ese es el quidde la cuestión. Y por eso se queda tan poco en este tipo de relaciones, para que no surjan sentimientos».

La vocación por el trabajo

La cosa no parece mucho más esperanzadora en el plano laboral. Para empezar, Nast asegura que la mayoría de la gente (al menos en Occidente) ya no diferencia entre trabajo y vida privada. Ambas parcelas se han entretejido de algún modo. Esa constante accesibilidad de las personas (que nunca desconectan del curro gracias, entre otras cosas, a los smartphones) hace que la frontera que las separaba haya desaparecido, según él.

«El epicentro de la vida se ha trasladado al éxito profesional, sin que nos hayamos dado cuenta», reflexiona sobre el tema el autor. «El propio yo es nuestro gran proyecto, ahora el trabajo no es nada más que un detalle. Estamos demasiado ocupados con nosotros mismos. Nos hemos convertido en nuestra propia marca».

Antes, el esquema del planteamiento vital era sencillo: uno se hacía mayor, se casaba, se compraba una casa y un coche, tenía hijos, y poco más. Pero la cosa ha cambiado bastante. «Hoy en día por todas partes hay esas vocecitas que susurran que todo puede ser mucho mejor: el trabajo, la pareja, la vida y, sobre todo, uno mismo. En otras palabras, nos encontramos en un estado constante de autoptimización».

Desafortunadamente, mucha peña se empecina en que todo puede ser mucho mejor, incluso perfecto. Y resulta que la perfección es inalcanzable. Así de simple y así de complicado.

Los 30 son los nuevos 20

Imagen relacionadaEs una cantaleta interminable: todo el mundo dice que los 30 son los nuevos 20. Pero, como en casi todo, aquí hay letra pequeña. «Cuando te sientes más joven de lo que eres y también llevas una vida acorde con la edad que sientes, llega un momento en el que, con cierta lógica, el cuerpo empieza a acordarse de su edad física», recuerda Nast sobre ese proceso de rejuvenecimiento de las décadas.

Por ejemplo, un veinteañero aguanta estoicamente cinco días seguidos de juerga y tiene una capacidad de regeneración digna de admirar. En cambio, lo más probable es que el treintañero siga sintiéndose, aun varios días después de los fiestones, como si un camión le hubiese pasado por encima.

Y, naturalmente, el postureo ligado a las redes sociales tiene mucho que ver en esa idea del engaño juvenil. La gente vive rodeada por la ilusión de que cualquiera es más feliz que uno, porque las personas siempre publican sus logros. Nadie publica las mierdas que le suceden a diario en su perfil de Facebook o Instagram.

Luego está el tema de la incapacidad de mucha gente de tu entorno para relativizar sus (ridículos e insignificantes) problemas. Dificultades (por llamarlas de alguna forma) que, como bien reflexiona Nast, nacen cuando se está acostumbrado a un cierto nivel de vida. Lo que se conoce como problemas del primer mundo. Problemas de lujo como la vivienda, los retoques estéticos de las famosas mal operadas o la baja audiencia de tu reality show preferido.

Cosas, todas ellas, en las que uno se emplea para distraerse. «Distraernos de los problemas cada vez más desenfrenados que conciernen a nuestro mundo. Y también distraernos de nosotros mismos. Del vacío en la vida que no queremos admitir. No aguantamos el silencio, no queremos ocuparnos de nosotros mismos porque tenemos miedo de comprender lo aburrida que puede llegar a ser nuestra propia vida», confiesa el autor.

Hablando de programas de telerrealidad, Nast está seguro de que espacios como Gran Hermano o Granjero busca esposa explican más de las personas que lo que ellas querrían. «Satisfacen nuestra inclinación voyeur, nos hacen gozar con las desgracias de los demás y cubren nuestra necesidad de sentir vergüenza ajena».

No se corta un pelo a la hora de admitir que quizás sea ese sentimiento la razón por la que la dirigente Angela Merkel es la presidenta del Gobierno alemán que encaja más con el país: «Yo no puedo escuchar o ver ningún discurso de ella sin sentir vergüenza ajena y retorcerme en la silla. Y lo disfruto […] Es nuestra política sensacionalista. Nuestra jungla de la política alemana. La presidenta que nos hemos ganado».

Hay quien dice que la insatisfacción permanente que experimentan muchas personas es lo que acaba alejándoles de las metas que enriquecen la vida. Para Nast, no es más que el «fundamento sobre el que se basa nuestro sistema económico, dirigido al crecimiento constante. Somos instrumentos de la economía».

En definitiva, el alemán apostilla que los modelos de las generaciones futuras del mundo occidental representan en ocasiones la verdadera incapacidad relacional de nuestros tiempos: «La pérdida de nuestras relaciones a favor de la relación con nosotros mismos. A favor de lo que nos identifica».

Y, haciendo uso de un símil, comenta que bastante gente dirige su atención hacia los síntomas y que, para la mayoría de ellos, lo que importa es encontrar el analgésico adecuado y no la cura. «En realidad, es como si estuviéramos tratando una enfermedad: no deberíamos luchar contra los síntomas, sino contra las causas. Este sería un primer paso. […] Y con los comienzos empieza el cambio».

Fuente: Yorokobu

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