‘André el Gigante’, el gigante de la Princesa Prometida, retratado en HBO

Los fans del wrestling o lucha libre recordarán a André el Gigante, nombre artístico de André René Roussimoff, como una de las figuras emblemáticas de aquel deporte. Pero, para quienes sólo somos cinéfilos, André siempre será el gigantón de nombre Fezzik que aparecía en La princesa prometida, formando parte de una pequeña banda junto a Vizzini e Íñigo Montoya.

Dado que muchos no conocíamos con exactitud la biografía de Roussimoff, en HBO acaban de estrenar un brillante documental que, en 85 minutos de metraje, nos cuenta su historia y nos desvela los pormenores de sus tragedias cotidianas: Andre the Giant.

Porque, pese a tantos años de éxito, a ser una celebridad en el wrestling, a ser idolatrado por las masas y participar en varias series y películas, André René fue un hombre que sufrió durante toda su vida (corta: murió a los 45 años): padecía acromegalia, una enfermedad crónica que, a partir de una lesión de la glándula pituitaria, tiende a segregar en exceso la hormona del crecimiento, lo que conlleva un aumento continuo de nariz, pies, manos y mandíbulas y algunos órganos internos.

Por culpa de ese trastorno, André tuvo que afrontar un mundo que para él era diminuto, con muebles y espacios que no estaban hechos a la medida de un ser de dimensiones sobrenaturales: en los aviones ocupaba dos asientos; no podía entrar a los baños de los mismos porque su cuerpo era demasiado grande; las camas de los hoteles le quedaban pequeñas, también los cubiertos, las sillas, la ropa…

Y nunca pudo esconderse: todo el mundo lo veía de lejos, lo señalaba en los aeropuertos, en los grandes almacenes, en las calles, aunque no lo conocieran. Jamás pasó desapercibido, y esa circunstancia inevitable lo expuso siempre a la mirada ajena, a ser un bicho raro, uno de esos freaks que con tanta piedad retrataron Tod Browning y David Lynch. Pero un bicho raro con un corazón de oro, un tipo muy sensible al que le dolía ser un fenómeno de la naturaleza, que lloraba en secreto tras comprobar cómo le apuntaban con el dedo o se mofaban de él.

 

Como en toda vida, no sólo ocupaban su espacio la tragedia o el drama, sino también la comedia. Los amigos que le conocieron dicen de él que tenía un gran sentido del humor, y en la intimidad, junto a ellos, era célebre por sus flatulencias como huracanes que sonaban igual que terremotos, por la ingesta de alcohol tras un combate (mientras otros luchadores se tomaban un pack de seis cervezas, él se bebía veinticuatro), por ayudar a los demás.

Cuenta Arnold Schwarzenegger que una vez, al término de una cena, el protagonista de Conan quiso pagar la cuenta y André se obstinó en invitar él y, para poner fin a la discusión, cogió a Arnold como si fuera una muñeca, lo levantó en el aire y lo puso encima de un mueble. En el documental, por cierto, participan varias estrellas que hablan maravillas de él: el citado Schwarzenegger, Hulk Hogan, Billy Cristal, Rob Reiner, Robin Wright, Cary Elwes, etcétera.

El documental sobre André toca nuestra fibra porque nos narra la eterna historia de una criatura anómala, un ser humano metido en un mundo que no le corresponde o que lo maltrata por su condición de freak, un Gulliver en Lilliput. No obstante, al final lo que cuenta es la huella que el muerto dejó en los seres que le querían y le apreciaban, lo que cuenta es el recuerdo que queda tras de sí: algunos hombres hechos y derechos derraman lágrimas ante la cámara al desvelar lo mucho que le echan de menos.

En 1993, André fue a París para enterrar a su padre. Fue en esa ciudad donde murió de un ataque cardíaco, solo, en su habitación de hotel. En la lucha libre hizo historia.

Fuente. Aleteia

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